El tabú de los tabúes: la lactancia tras la pérdida

El tabú de los tabúes: la lactancia tras la pérdida

Tenía 24 años cuando me quedé embarazada de mi primer hijo, Jael. A mis espaldas, siete años de incertidumbre obstétrica, operaciones uterinas y la sombra de la infertilidad pisándome los talones. Así que aquél positivo en mi Clearblue era lo mejor que me había pasado jamás. Empecé a amar a ese niño desde ese primer instante, sin medida, sin límites. Pero no tuvimos un principio nada fácil. Empecé a sangrar a las pocas semanas de gestación y el resto de mi embarazo tuve que pasarlo entre el sofá, la cama y las visitas a urgencias. Fue duro, pesado y agobiante. Rompí la bolsa en la semana 24, y durante dos semanas pudimos aguantar el dolor y el sangrado, pero yo estaba en peligro, estaba muy grave, y los médicos decidieron que debían realizar una cesárea de urgencia.

Recuerdo que entrando a quirófano la matrona me preguntó si quería dar el pecho, y recuerdo que mi respuesta fue “no”. Sí, lo sé, ahora lo sé, pero en aquél entonces yo vivía entre mitos y leyendas, apartada por mi sofá de los grupos preparto y de lactancia.

Mi hijo nació, respiró y fue derechito a la UCIN. Yo no lo vi nacer puesto que me administraron anestesia general, pero recuerdo dos cosas de mi despertar: la primera, que pregunté y lloré por él, por nosotros; y la segunda, que a mi lado tenía un sacaleches que yo no quería utilizar. Un pediatra muy amable vino a explicarme muy brevemente que la vida de mi hijo dependía de mis pechos y de aquella máquina, así que por supuesto, accedí.

No fue fácil. Mi pareja viajaba arriba y abajo con jeringuillas de calostro, aquella máquina del infierno me destrozaba el pecho y nunca conseguí sacar demasiado. El estrés, el agotamiento, mi estado emocional…no eran grandes aliados para que la lactancia funcionara. Hoy sé que todo aquello y un par de biberones de fórmula pudieron estar relacionados con la muerte de mi hijo, pero esa es otra historia.

El día que parecía que la producción empezaba a aumentar, mi hijo enfermó por enterocolitis necrosante, una enfermedad bastante frecuente en bebés prematuros, y en su caso fue fulminante. Falleció en mis brazos, en silencio, y me dejó el alma rota en mil pedazos…y los pechos llenos.

Durante las horas que estuvimos esperando el diagnóstico de los médicos, no se me pasó por la cabeza extraerme leche, y cuando todo terminó pude darme cuenta de que, a parte del dolor emocional, había un dolor físico presente. Nadie me informó de esto, nadie, así que, tímidamente, pregunté a la pediatra: “¿Qué hago con la lactancia?”

La pediatra era todo corazón y sin ella la despedida de mi hijo no hubiera sido igual de bella, pero ser un amor no implica saber de lactancia. Me dio dos pastillas (sí, “Dostinex”), y me dijo que si en 24 horas no se me había cortado la leche, que fuera a mi médico de cabecera a por más.

Evidentemente, no funcionó. Mis tetas estaban llenas de bultos, me encontraba mal, me dolía todo. Y yo que no sabía si tocar, si extraer…yo sólo quería que aquello desapareciera de una vez. Así que fui al médico de cabecera, que tampoco tenía ni idea. Éste llamó a la matrona por teléfono y su respuesta fue: “no te podemos dar más pastillas. Véndate los pechos, no te toques y sobre todo no te pongas el bebé a mamar”. Me levanté llorando, le dije que mi hijo estaba muerto, y me fui.

La leche siguió brotando de mi cuerpo durante dos semanas a borbotones y más tímidamente durante casi un mes más. Era una auténtica tortura despertar y ver las sábanas mojadas, los chorros de leche en la ducha, el dolor físico y emocional que aquello me producía. Mis pechos lloraban a mi hijo, y era tan grande el vacío de mi alma, la culpa y la pena, que no me planteé pedir ayuda en otra parte.

Pero hoy sé que no era yo la que tenía que moverme para buscar información. Qué fácil hubiera sido que nos hubieran puesto un par de trípticos en el bolso con cuatro puntos sobre el manejo de la lactancia, lo que supone estar en duelo y los recursos que tenemos al alcance para afrontarlo. Tan fácil como tenerlo y cogerlo cuando te haga falta.

La lactancia tras la muerte es el tabú dentro del tabú: si poca gente quiere oír hablar del duelo perinatal, imaginaros lo que supone hablarles de que, después de un bebé que muere, suele haber lactancia.

La tendencia en los hospitales es “cortar por lo sano”, administrar medicación para inhibir la prolactina y acabar con esto cuanto antes. Afortunadamente, no ocurre así en todos los casos, pero es cierto que lo más frecuente es esto. Es como algo secundario, algo que debe desaparecer cuanto antes para que la madre “no sufra más”.

En mi caso es cierto que sí me produjo un sufrimiento extra, pero no por la lactancia en sí, sino más bien por la desinformación que me acompañaba.

Por todo esto, desde Anhel-Associació de famílies en dol del Vallés, asociación sin ánimo de lucro de la cual formo parte, pretendemos que esta sea una de nuestras líneas de actuación: romper con el tabú de la lactancia tras la muerte en la sociedad, proporcionar información y asesoramiento personalizado a las madres, y acompañarlas para que sean ellas las que tomen las decisiones respecto a su lactancia. Por otra parte, creemos que es muy importante colaborar con los centros hospitalarios para mejorar esta atención, por ello uno de nuestros proyectos es la elaboración de trípticos para las familias sobre el manejo de la lactancia.

Como asesora de lactancia (recientemente titulada) he aprendido que cada madre en duelo vive este proceso a su manera: unas quieren que todo acabe cuanto antes; otras desean donar esa leche que su bebé no puede aprovechar; y otras deciden realizar algún tipo de ritual con la leche que se extraen para aliviar sus pechos, como por ejemplo regar una planta o hacerse una joya de leche. Y todas las opciones son válidas, y todas deberían ser explicadas y contempladas por igual.

El acompañamiento, la empatía, la información actualizada y el ofrecimiento de recursos son los pilares en los que esa familia sentará los cimientos de su duelo.

www.elpijamadegary.com

 

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Un comentario sobre “El tabú de los tabúes: la lactancia tras la pérdida

  1. El artículo es muy emotivo y necesario. Sólo añadiría que en el texto aparezca qué deben hacer esas mamás para que la producción de leche vaya desapareciendo sin que eso termine en mastitis, por si acaso alguna mujer llegue al artículo justo cuando está pasando por esto. Me imagino que será irse sacando sólo la leche justa, para que no duela.

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