Lactancia prolongada y frenillo corto ¿Es posible? – Cuéntanos tu lactancia

Lactancia prolongada y frenillo corto ¿Es posible? – Cuéntanos tu lactancia

Hola, mi nombre es Zora y hoy vengo a contaros nuestra experiencia con la lactancia con un frenillo lingual corto.

Hace unos días, en la reunión mensual Madre a Madre de nuestra Asociación de apoyo a la lactancia materna, tras explicarle nuestra historia a las nuevas madres y embarazadas del grupo, una de ellas me preguntó: “Pero con un frenillo corto, ¿es posible mantener una lactancia?”

La respuesta corta es sí, si se puede. Muchas madres hemos conseguido mantener una lactancia a pesar de ello, algunas de mis compañeras con frenillos muy limitantes, y a pesar de ello han tenido lactancias que han durado hasta 6 años.

Nosotros acabamos de cumplir 22 meses de lactancia, los 6 primeros meses en exclusiva, y seguimos teniendo una lactancia exitosa. Con sus más y sus menos, como todas las lactancias. Ahora mismo, con su crisis de los dos años, con sus agitaciones por amamantamiento ocasionales y sufriendo la sintonización del pezón.

Nuestros comienzos en la lactancia.

Cuando me quedé embarazada, tenía muy claro que quería dar el pecho. Me leí a Carlos Gonzalez, e incluso acudí a nuestro GALM antes de dar a luz. Ilusa de mi, pensaba que ya lo tenía todo para una lactancia maravillosa: dos pechos, algo de información y voluntad. ¿Qué más podía necesitar?

El parto, más medicalizado de lo que había anticipado e imaginado, fue el preludio a una maternidad que no se parecía mucho a lo que había pensado que sería.

Tras un parto con epidural, un expulsivo más largo de lo esperado, una episiotomía, una maniobra de Kristeller, una separación de mi bebé de más de 40 minutos por una membrana de placenta que no salía y totalmente desubicada… empezó una lactancia que no era aquello que había imaginado.

Con una niña de más de 4 kilos y el azúcar bajo por el largo expulsivo, según entramos por la puerta de la habitación nos endosaron un biberón. “Aunque le vayas a dar el pecho, le tienes que dar esto”. No me ofrecieron otra alternativa, ni más información o razones para ello. Y allí nos dejaron solos de madrugada, hasta 5 horas más tarde.

En el hospital la falta de apoyo y empatía empezaron a hacer acto de presencia. Mi hija, aún bajo los efectos de la epidural, y seguramente algo débil debido a una mala transferencia de leche que nadie valoró, estaba muy adormilada. Y aunque ahora comprendo la importancia de cumplir con unas tomas mínimas en los primeros días, nadie me explicó nada. Solo venían, me preguntaban la hora de la última toma, y me amenazaban con que si mi hija no se despertaba y se enganchaba al pecho, vendrían ellas y tendrían que hacer algo al respecto (señalando al biberón que me negaba a ofrecerle). De muy malas maneras me explicaron que la ponía mal al pecho, y que la iban a engañar con leche del biberón sobre mis pezones, para que se agarrara al pecho. Todo muy rápido, brusco y de manera muy paternalista.

Me sentí aliviada cuando por fin nos dieron el alta y salimos de allí. Pero con el paso de los días, cada vez tenía más claro que algo no iba bien.

En la prueba del talón, la coordinadora me había valorado el agarre, y le parecía bueno.

¿Por qué entonces me hacía daño?

Tenía muy interiorizado el mantra de que dar el pecho no tiene que doler, y cada vez que me molestaba, la quitaba del pecho y corregía la postura. Aquello fue lo que me salvó de grietas y problemas mayores.

Pero mi hija se pasaba las 24 horas enganchada al pecho sin soltarse. Yo sabía que el pecho es a demanda y que lo de cada 3 horas no es verdad. Pero no esperaba que significara que iba a pasar mis días pegada al sofá con una niña encima, que mamaba durante 40 minutos, lloraba durante 10, dormía otros 10, y vuelta empezar. Día y noche.

Aparecieron los gases, las molestias, lloraba mucho, dormía poco, hacía ruidos al mamar, le apareció un callo de succión… mi instinto me gritaba que algo estaba fallando.

El caso es que esos eran todos nuestros problemas. Ella cogía peso, yo tenía una sobreproducción de leche y gracias a mi mantra del no dolor, no me había provocado grietas. Como tenía una ingurgitación continua, antes de la mayoría de tomas me tenía que vaciar un poco el pecho, y así me libré de obstrucciones y complicaciones. Pero mi hija no se soltaba del pecho, noche o día. No entendía nada.

La pediatra no sabía decirme, con el tiempo descubrí su poca formación en lactancia, y toda su respuesta fue ofrecerme gotas para los gases. Yo no quería gotas. Sabía que dando el pecho los bebés no tragan aire, algo pasaba. Quería que me dijeran qué pasaba.

Lactapp era mi amiga tranquilizadora.

En ese “infierno” de tomas interminables y constantes, que hacían que recuperarme física y anímicamente fuera difícil y lento, aquello que me salvaba de darme por vencida era la aplicación de LactApp. No conocía a nadie que diera el pecho, por entonces, y era la única a la que podía “molestar” con preguntas y me daba respuestas acertadas.

Intentaba encontrar una respuesta a mi problema y daba igual como formulase la pregunta, la respuesta siempre era la misma: un mal agarre o un frenillo. Había probado todas las posturas del mundo y la corregía constantemente. ¿Pero un frenillo? Si cogía peso. ¿Cómo era posible? Además, la habían revisado muchos médicos (o eso pensaba yo).

Por fin pude acudir a una reunión de nuestro GALM… y las sospechas se confirmaron. Amiga, eso es un frenillo. Era un tipo 3 aparentemente. Con los conocimientos que tenían por entonces y valorando nuestra situación, mis compañeras recomendaron no intervenir y volver a valorar a los 3 meses de edad. Hoy en día, algunas dudan de si nos recomendarían lo mismo o intervenir, pero yo no tengo claro que de haber recibido otro consejo, habríamos decidido intervenir. Hacer pasar a un bebé de poco más de 1 mes por una anestesia es algo que asusta mucho.

Al fin pude respirar.

Con el mismo problema y las mismas dificultades con las que entramos en el GALM, salí de allí como si me hubiesen quitado un peso de encima. Aquello tenía nombre, no estaba loca, y no era la única. Había esperanza.

Fueron pasando las semanas, y por arte de magia, a las 14 semanas nuestra hija dejó de pasarlo tan mal, de tener tantos gases y empezó a acortar las tomas y a espaciarlas.

Nos habían cambiado a nuestra hija. En ese momento empezó nuestra reconciliación con la lactancia, que como todas, ha tenido sus momentos más duros y más bonitos.

¿Qué ha supuesto para nosotros tener un frenillo?

Pues aparte de esos tres primeros meses, que tanto papá como yo llamamos “El infierno”, hemos tenido una lactancia exitosa, con algunos retos extras más allá de los comunes en la mayoría de lactancias, pero que con apoyo hemos conseguido superar.

Nuestra hija hacía y sigue haciendo muchas más tomas de las que hacen otros compañeros a su edad. En parte por esto, en parte por nuestra situación conmigo trabajando en casa, y en parte por mis propios temores, nuestra hija después de 22 meses sigue siendo muy dependiente de mi.

Nunca hemos conseguido que se duerma sin tomar teta, yo no me he podido separar ni una sola noche de ella, ni tampoco un día entero.

A día de hoy, aunque se lo explicamos todo lo a menudo que podemos, aún le cuesta separarse de mi y se altera si me pierde de vista, especialmente cuando se acerca la hora de dormir. En su día, separarse de mi aunque fuese media hora, suponía no comer lo suficiente. Es algo que a las dos se nos ha quedado grabado.
Para nosotros esto no es un problema, aunque no siempre es agradable y a veces resulta extenuante y abrumador.

¿Ha merecido la pena?

Hoy en día, aún bastante gente, al contarles nuestra historia de lactancia, me formulan la misma pregunta. Si ha merecido la pena.

Y no voy a pintárselo de rosa a nadie. Ha sido, y algunos días sigue siendo muy duro, es una tarea titánica, supone una dedicación que creo que pocas madres anticipan… Pero aún de haber sabido esto, volvería a optar por luchar hasta el final por nuestra lactancia.

Cuanto más leo sobre lactancia materna, más segura estoy de que era y es algo por lo que tengo que luchar y que merece la pena el esfuerzo. Y es muy posible que nos hayamos ahorrado algunos problemas de habla entre otros gracias al ejercicio que supone para nuestra hija la lactancia.

No era la lactancia con la que había soñado.

Ni la maternidad que esperaba.

Pero poco a poco me he ido reconciliando, con la maternidad, con la lactancia y con nuestro parto. Y citando a Carlos Gonzalez, este es un regalo que le hago a mi hija para toda la vida. Si estamos dispuestos a renunciar a tanto por ellos, como no iba a luchar por darle la mejor alimentación.

Gracias a todos los que me ayudaron a salvar mi lactancia.

No quiero dejar escapar la ocasión, para agradecer una y mil veces más a todos aquellos que si me ayudaron, que me apoyaron y que han sido claves en el mantenimiento de nuestra lactancia.

El primero de ellos mi pareja, ya que sin su dedicación plena a nosotras, en especial los primeros meses, la lactancia habría supuesto un problema difícil de gestionar y habría resultado excesivo para mi.

Luego a mis chicas del GALM, a las que sigo apoyando a diario todo lo que puedo, por ser la luz que necesitaba cuando no veía el final del túnel, y por ser apoyo constante y consuelo. Por darle nombre a mi problema, y por ayudar de manera voluntaria, a costa de su propio tiempo, a tantas madres y lactancias.

Y por supuesto a Lactapp, a Maria y a Alba por dar a luz a esta aplicación, y a todas y todos los que lo hacéis posible, día a día. Me considero devota de Lactapp, y “difundo la palabra” allí por donde voy. Sois un recurso inestimable, sois esperanza y ayuda en esos momentos de angustia en los que no puedes o no te atreves a acudir para solucionar algo de lo que nadie te había hablado. Siempre seréis aquella fiel compañera, en las noches infinitas sin sueño ni consuelo, que me animaba a seguir luchando y a buscar ayuda.

¡GRACIAS!

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