Mi lactancia diferida con dos bebés | Cuéntanos tu lactancia

Mi lactancia diferida con dos bebés | Cuéntanos tu lactancia

Antes de quedarme embarazada ya había estado leyendo sobre lactancia materna, pero poco había leído sobre lactancia en diferido hasta que nos dieron la noticia que íbamos a ser papás de dos bebés. Investigando sobre la lactancia en tándem, empecé a ver cosas sobre lactancia en diferido, sobre todo para dar un poco de tregua a la mamá con dos bebés. Por entonces no descarté del todo la lactancia en diferido, pero si que seguí encabezonada en hacer una lactancia materna exclusiva en tándem.

 

Pero la vida nos tenía una sorpresa preparada: el nacimiento prematuro de nuestros hijos a las 29 semanas. Fue entonces cuando nos encontramos de bruces con un sacaleches y la necesidad de una lactancia en diferido.

 

Los bebés estaban ingresados en la UCIN y tanto pediatras como enfermeras nos dijeron que la leche materna para nuestros hijos era el mejor medicamento. Cuatro horas después del parto comencé con la extracción de leche, consciente en ese momento que estaríamos pegados a la máquina por un largo tiempo, pero al mismo tiempo con la esperanza de que al crecer nuestros peques pudiéramos retomar la idea de una lactancia vía pecho directo.

 

Tres días después de dar a luz conseguimos tener una superproducción de leche, suficiente para alimentar a los dos bebés y empezar nuestro banco de leche particular.

 

Al mes de vida de los peques pude ponérmelos al pecho por primera vez. Fue un momento increíble con el que había soñado mucho tiempo, pero pronto vimos que no iba a ser fácil.

 

En la unidad de neonatos los mililitros de leche van contados y medidos, de la misma manera que los gramos que aumentan los bebés, y en ese momento, la estabilidad de los bebés, la cantidad de alimento que podíamos controlar que tomaran y los gramos de peso eran más vitales que la teta “en directo”.

 

Así que durante unas semanas ofrecíamos el pecho vacío mientras los bebés tomaban mi leche a través de la sonda para que fueran asociando conceptos.

 

El niño parecía que lo tenía medianamente controlado, pero la niña no era capaz de mamar. Nos decían que les diéramos tiempo, que eran muy pequeños y en cuanto acabaran de madurar un poquito más todo sería más fácil.

 

Así estuvimos hasta que nos dieron el alta, 10 días antes de la fecha prevista de parto, y esa fecha fue la que nos pusimos de límite para ponernos en serio con la lactancia en directo. Entendíamos que para entonces los bebés habrían alcanzado la madurez equivalente a unos niños nacidos a término y que a partir de ese momento tendríamos alguna probabilidad de establecer una lactancia en tándem “normal”.

 

Contactamos con una asesora de lactancia que venía a casa. Comprobamos que no había frenillos ni demás barreras, que el agarre y la postura eran las correctas.

 

Enseguida el niño entendió el funcionamiento de la teta, pero la niña no lo conseguía. Probamos pezoneras, relactadores, posturas diferentes e incluso visitas al osteópata, pero no conseguía mamar. Supongo que los casi dos meses con sonda y el mareo de tetinas y biberones de la unidad de neonatos no ayudó demasiado.

 

Tras varias semanas sin éxito decidimos que el niño tomaría teta y la niña tomaría mi leche en biberón, pero las tomas al pecho del niño se alargaban y la niña demandaba su ración de comida. En los momentos que estaba acompañada no había problema, otra persona daba el biberón a la niña y yo podía estar tranquila ofreciendo el pecho al niño, pero pasaba muchas horas sola y la situación se volvió insostenible. Ni el niño mamaba como se merecía, ni la niña estaba atendida como debía. En definitiva no estábamos bien ninguno de los tres. Ellos porque no recibían la atención correcta y yo porque me creaba ansiedad y malestar la sensación constante de no llegar a nada. No llegar a dar de mamar tranquilamente al niño, no llegar a dar el biberón en brazos a la niña, no llegar a sacarme la leche para la siguiente toma sin prisas, en definitiva, tenía la sensación de ir corriendo todo el tiempo para hacer las cosas deprisa y mal.

 

En ese momento tomamos la decisión de hacer lactancia en diferido con los dos, como mínimo hasta los 6 meses.

 

En casa teníamos un extractor hospitalario que alquilamos 3 días después de nacer los bebés y nos ayudó muchísimo en la producción de leche. Tenía leche suficiente para los dos y podíamos añadir dosis a nuestro banco de leche. Teníamos el congelador de casa de mis padres lleno (tres cajones) y el de nuestra casa repleta de bolsas llenas de ese oro líquido.

 

La producción se mantuvo bien casi todo el tiempo, tuvimos algún bajón de producción que solventamos con un poco de ayuda farmacológica y eso nos ayudó a tener alimento para los dos bebés.

 

Hasta los 6 meses seguí teniendo la esperanza de conseguir una lactancia en directo, pero al ver que no lo conseguíamos, empezó a hacerse cuesta arriba los ratos enganchados al extractor, pero ver que esa leche que les ofrecíamos les estaba haciendo tanto bien nos ayudaba a seguir constantes.

 

A los 11 meses decidí “destetar” a los peques. La alimentación complementaria estaba establecida, cada vez tomaban menos leche y decidimos que era el momento.

 

Reconozco que fue una decisión meditada, pero al igual que les pasa a muchas madres cuando destetan, yo pasé mi duelo. Se me hacía duro ver la lata de leche de fórmula preparada en el armario para cuando hiciera falta.

 

Tardamos 1 mes en conseguir que la producción bajara. Era como si mi cuerpo no quisiera dejar de alimentar a mis hijos. Y después de dejar de extraerme leche aun tomaron leche del banco casero que habíamos estado creando todo este tiempo.

 

Mis hijos mamaron muy poco de mi pecho, pero orgullosos podemos decir que se alimentaron de mi casi un año. Ese es el mejor regalo que les podemos hacer después de lo luchadores que habían sido.

 

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