“Misma madre, distintos hijos, distintas lactancias, porque las lactancias fáciles no van conmigo ;-)”

“Misma madre, distintos hijos, distintas lactancias, porque las lactancias fáciles no van conmigo ;-)”

Mi primera hija nació por cesárea urgente (me puse de parto y comencé a dilatar pero mi pequeña venía de nalgas). Tras un parto muy medicado y poco respetuoso, tras 7 horas y media de separación, en las que yo estuve en reanimación, y tras un biberón que le dieron a mi pequeña en ese intervalo de tiempo, conseguí con mucho esfuerzo inciar la lactancia en el hospital.
Añadir como ingrediente, por si todo lo demás fuera poco, que tengo (o mejor dicho tenía) los pezones planos, así que tuve que tirar de pezoneras (porque después de tantas horas, del biberón pirata y mis pezones planos el bebé no se enganchaba).
Me armé de mucha paciencia y me leí todos los libros de lactancia que encontré en el mercado, en un tiempo récord dicho sea de paso, y es que las noches lactando a veces dan para aprender mucho ;-).

Todo parecía coger buen ritmo, pero justo a los 10 días de nacer, mi hija empezó a vomitar leche en grandes cantidades y a propulsión, aun reuerdo cuando mi marido y yo vimos salir de ese cuerpecito tan pequeño la primera bocanada de leche… ¡Nos asustamos muchísimo! No sabíamos, como buenos primerizos que un bebé podía vomitar de esa forma…
La cosa empezó a torcerse aún más cuando en los pañales, junto con la caca aparecía sangre… Hilos de sangre, parecían hilos de azafrán. Por supuesto, corrimos a urgencias donde nos indicaron que la niña tenía APV (alergia a la proteína de vaca) seguramente derivado de ese primer y único biberón que tomó tras el parto…
Y empezamos a peregrinar por pediatras y digestólogos… Todos me ponían (incluso me regalaban) la lata de leche hidrolizada encima de la mesa… La solución parecía bien fácil, dejar de darle el pecho y darle leche de fórmula especial para alérgicos.
Pero a mi se me caían las lágrimas en cada consulta, después de haber conseguido establecer la lactancia (a estas alturas mi hija ya tenía casi un mes), con los impedimentos que había tenido en el parto, ¿ahora tenía que abandonarla? Y encima por culpa de un biberón que yo NO le había dado a mi hija, ¡que yo NO había decidido poner en su boca!
En este punto me di cuenta de que me sentía ir en volandas desde que noté la primera contracción el día del parto, por parte de los sanitarios y pediatras… Como una marea que me arrastraba y mi opinión era lo que menos importaba.
Por supuesto no me di por vencida y visité pediatras y pediatras hasta dar con uno que fuera prolactante y respetuoso, y que supiera de lactancia, algo que parece obvio pero que tristemente no es así (al menos en mi ciudad, la mayoría de los pediatras no tienen formación en lactancia).
He de añadir que como madre, no quería poner en riesgo la salud de mi hija, siempre voy a anteponer su salud a cualquier cosa, y si la mejoría de su salud pasaba por dar leche de fórmula lo iba a hacer (mi plan no era dar “la teta” a toda costa y a cualquier precio). Pero no encontraba en ningún libro de lactancia de los que había leído que dijera que la leche materna puede perjudicar a tu propio hijo, tampoco que la leche materna puede producir alergias, por eso no comprendía por qué todos los pediatras me daban como alternativa eliminar la lactancia sin más.
Por suerte di con un pediatra que en lugar de ponerme por delante la lata de leche de fórmula, me dio un listado de todos los alimentos que contienen proteína de vaca (que era lo que le producía alergia a mi hija) y que, simplemente, yo tenía que excluir de mi dieta. Así lo hice y a las 2 semanas ya no había síntomas en mi hija, ni vómitos, ni sangrado en el pañal… Tras un año de dieta excluyente, en el cual aprendí mucho del etiquetado de alimentos, a mi hija se le quitó la alergia y la lactancia fue maravillosa y se prolongó algunos meses más pasado el año.

Mi segundo hijo, nació hace 3 meses, y el parto parecía un “dejavú”, otras nalgas, otra vez trabajo de parto y dilatación y finalmente otra cesárea urgente, pero esta vez yo ya venía con los deberes muy bien aprendidos, me planté en el hospital con mi plan de parto “bajo el brazo”, repetí hasta el “cansinismo” que no quería sedantes ni relajantes ni que me durmieran en la cesárea, que no le dieran biberón a mi hijo a no ser estrictamente necesario y que quería estar el menor tiempo posible en reanimación.
Creo que me podrían haber dado el premio a la parturienta “coñazo” de ese día. Pero me salí con la mía, estuve despierta en todo momento y en reanimación solo pasé 3 horas, mientras mi marido hizo el piel con piel con el bebé.
En cuanto al biberón, he de decir que mi marido tuvo que “pelear” un poco para que no se lo dieran pero en cuanto yo pude estar con mi pequeño me lo puse en el pecho y se enganchó muy bien…
Todo parecía bajo control esta vez, pero se ve que las lactancias fáciles no son lo mío, y a los pocos días empezaron las molestias: los pezones me dolía muchísimo, tuve que recurrir a las pezoneras nuevamente (pensando que lo mismo el pezón aún no era lo suficientemente prominente).
Además, empecé a tener reflejo de eyección contínuo y muy doloroso, la leche salía a borbotones, y mi bebé cogía mucho aire. Tenía callo de succión por toda la boca, y sus cacas empezaban a ser verdes, las tomas se estaban empezando a complicar y mucho… ¿Qué estaba pasando ahora?
Que algo no iba bien estaba claro, yo pensaba que ya lo sabía todo sobre lactancia… y ahora me sentía inútil y perdida otra vez… Pero una simple foto a través del chat de LactApp me dio la respuesta… ¡Mi hijo tenía frenillo! Diagnóstico que confirmó mi pediatra (aquella fabulosa y prolactante que atendía a mi hija mayor). Así que me puse en manos de los grupos de apoyo, de la asesora en lactancia y de la matrona especializada que procedió a cortar el frenillo…
Todo poco a poco, empezó a normalizarse y a día de hoy todo está de maravilla, disfruto de mi lactancia, de mi hijo mientras mama y de mi hija mayor sentada a mi lado pidiéndome un poquito de “leche de tetita del hermano”.

Ninguno de los dos comienzos han sido fáciles, por supuesto en cuanto a la familia y entorno he tenido que explicar muchas veces qué eran esos “plastiquitos” que me ponía en los pezones para que mi hija mamara, he tenido que justificar y explicar por qué prefería excluir de mi dieta ciertos alimentos en lugar de darle a mi hija leche de fórmula, he escuchado comentarios del tipo “tu leche le está haciendo daño a tu hija, deja de darle el pecho”, “prefieres cortar el frenillo a tu hijo en lugar de usar biberón”, “tu cabezonería por darle el pecho a tus hijos no es normal”, “Este niño no está mamando bien, deberías de darle biberones como todo el mundo”…y así para escribir un libro…
Me he sentido juzgada, ofendida, incomprendida…mi consuelo es que mis hijos ganaban entre 300 y a veces hasta 450g por semana, estaban sanos y se les veía felices, y eso creo que es lo que mejor acalla las bocas de quienes a veces pueden ser muy crueles. Pero como en todos los ámbitos de la vida también hay personas maravillosas que hacen una labor increíble, que te ayudan, te respetan y acompañan en la lactancia y sobre todo te comprenden.
Está claro que el entorno no me ha acompañado y las circunstancias no han sido fáciles, los profesionales en los que he confiado a veces no me han respetado ni me han ayudado, pero como todas las madres que persiguen lo mejor para sus hijos he sabido encontrar las puertas a las que llamar, incluso cuando esas puertas tenían forma de App 😉

Por aquí os dejo algunas fotos que ilustran un poco lo que he contado.

Esta foto es del biberón que le dieron a mi hija mientras yo estaba en reanimación, la fotografía la hizo mi padre, y tanto él como mi marido miraban desde la puerta viendo como otra persona le daba el primer biberón a mi hija allí, en una silla de oficina, sin más, la imagen creo que habla por si sola, a mi me partió el alma verla, y a día de hoy no comprendo por qué ni siquiera mi marido pudo sentarse con su hija a darle ese biberón… Ya que no había mas alternativa que dárselo, al menos se le podría haber dado con más humanidad y cariño. Hay mucho trabajo por hacer en los hospitales, dónde hay gente muy profesional, cariñosa y enamorada de su trabajo pero hay poca formación y demasiados protocolos..algunos de ellos sin sentido ni humanidad.

 

 

Mi hija, yo y la pezonera
Mi hija agarraba las tetis siempre así
Y éste es mi segundo hijo, mamando feliz, sin pezoneras, sin frenillo, sin alergias y sin nada que nos impida disfrutar de la lactancia, de ahí mi cara de felicidad.

Es curioso como algo tan tan básico y primitivo hoy en día puede ser a veces tan complicado.
Muchas veces he pensado que la lactancia se sufre en silencio como las hemorroides, la gente te pregunta ¿que tal el pecho? y tu solo sabes decir “bien, muy bien” aunque estés con grietas dolorosas u otras complicaciones de cualquier tipo, porque ante esa pregunta solo tienen cabida 2 respuestas, o “muy bien todo” y la otra persona continua con un “ah mira que suerte tienes buena teta” (como si la lactancia dependiera de la suerte o si hubiera buenas y malas tetas) o “mal por x motivo” y la otra persona continua con un “pues dale biberón, no sufras ni te compliques” continuado del sentimiento de “va a comenzar a juzgarme en 3,2,1..” Con lo cual siempre respondes con un “bien, muy bien” y listo, así que lo que decía, quien sufre en la lactancia sufre en silencio.

 

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